Tenemos derecho a decir ¡NO!

¿Cómo educamos a nuestros hijos? ¿Qué tipo de padres somos?

Tenemos derecho a decir ¡NO!

“Pertenezco a una generación sándwich… crecí en un sistema familiar donde los papás tenían el voto mayoritario y la opinión de los hijos contaba poco, y luego intenté educar a mi hijo rescatando su derecho a opinar, decisión que mi pequeñuelo se tomó demasiado en serio y que casi me remite a perder de nuevo el voto mayoritario en mi propia familia”. Supongo que a algunos de ustedes esto les resulta familiar.

En otras palabras, los que fuimos educados bajo el lema de “Esto se va a hacer por que lo mando yo”, intentamos educar a nuestros hijos fomentando la democracia, la libre expresión y la capacidad de diálogo. No lo digo con ironía. Entre los partos en agua, los libros del Dr. Spock y del Dr. Sears y la educación Montessori demostramos nuestra clara intención de criar niños diferentes, con la autoestima alta, seguros de si mismos y con franca capacidad para tomar decisiones.

¿Y qué tal resultó nuestro estilo de educación? En mi opinión, se rescataron algunos puntos: nuestros hijos crecieron sin miedo, no se amedrentan frente a la autoridad, no permiten ser tratados sin respeto y saben tomar decisiones, aunque eso no necesariamente significa que tomen buenas decisiones.

Sin embargo, ¿qué faltó? Nos faltó seguridad. He observado que a los padres de esta generación nos faltó la suficiente asertividad para saber decir “NO”. En consecuencia, los niños han jugado con los límites y a veces se nos han “subido a las barbas.”

El “NO” de los padres de antes llenaba a los niños de culpas, mentiras, chantajes y reproches. Además, rara vez era un “No” lógico y racional: “No te salgas a la calle por que te agarra el robachicos”; “No puedes salir si no te acompaña tu hermano”, “No me contestes por que soy tu madre”. Era un “No” autoritario que bloqueaba la comunicación pues no había bases para negociar ni para dialogar.

Sin embargo, nuestro “NO” hacia los niños resulta ser tímido y dudoso. Los padres de mi generación todavía oscilamos entre repetir el estilo dictatorial de nuestros padres y pretender marcar tímidamente límites que son necesarios y sanos para nuestros hijos.

Por mencionar algunos ejemplos, creo que no hemos aprendido a decir “No” a ciertos hábitos alimenticios de nuestros hijos, no sabemos marcarle límites a las papitas y al refresco de cola, no sabemos decir “No” a toda la violencia que ven en la tele y curiosamente, marcamos mejor los límites al sexo.

No proyectamos claridad al definir lo que está bien y lo que está mal. Esto confunde a nuestros hijos, ya que, aunque ellos lo nieguen, los padres hemos sido y seremos su modelo y su guía. 

¿Qué podemos mejorar? Estos son algunos puntos importantes en los que necesitamos trabajar, para lograr el equilibrio entre el autoritarismo y la falta de claridad:

  1. Revisa y clarifica tus propios valores. Define para ti mismo qué es bueno y qué es malo. Comparte tu punto de vista con tu pareja para establecer juntos sus propias normas de conducta.
  2. Lo que para ti sea correcto, no te causará problema, pero lo que para ti sea incorrecto, exprésalo y reafírmalo sin temor. Por ejemplo, si tú apoyas el “piercing” en los adolescentes, no tengas miedo de defender tu punto de vista, pero tampoco temas parecer anticuado si elegiste no permitir que tus hijos menores de edad se perforen el cuerpo.
  3. Sé congruente. Predica con el ejemplo. No se vale que digas “no” a la usanza antigua a prácticas que tú mantienes. Por ejemplo, no te podrás oponer al tabaco si tú mismo fumas.
  4. Que tu “NO” sea expresado firmemente, pero solo con palabras. Ya quedó atrás el tiempo de la violencia verbal o física. Cuida la autoestima de tus hijos.
  5. No tengas miedo; si te guía el amor, tarde o temprano tu hijo captará que has dicho “No” por que lo amas.

No veremos los resultados de inmediato, ningún padre tiene ese privilegio. A veces pasan muchos años hasta que vemos los frutos de la educación que impartimos.

Pero no hay que dudar, si nuestra intención es positiva, esto quedará sembrado en la mente y el corazón de nuestros hijos.

Por: Lourdes Plata
Psicóloga

 


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