La disciplina

Los reglas que impongas son guías que orientarán a tu hijo más adelante

La disciplina

Es importante pensarlas bien y aplicarlas de manera consistente.

¿Tienes claras las reglas que se aplican en tu familia? Si compartes con tu pareja o con otra persona la educación de tu hijo, ¿se han puesto de acuerdo en los principios y los límites que le plantean? ¿Cuáles son? ¿Qué métodos utilizan para disciplinarlo?

La palabra disciplina viene de discípulo: el que aprende de un maestro

Esencialmente la disciplina es una forma de aprender del niño —y una manera de enseñar de los padres— las conductas más productivas y satisfactorias para él y para las personas que le rodean. Disciplinar al niño quiere decir fijar límites a su conducta y establecer reglas de convivencia. La disciplina es un proyecto de enseñanza a largo plazo. Durante los años que van desde la infancia hasta la adolescencia, el niño necesita la autoridad, el amor y el ejemplo de sus padres para orientarse en su camino hacia la autonomía.

La disciplina es una expresión de amor a nuestros hijos y una responsabilidad fundamental de los padres

La disciplina es una expresión de amor porque supone un gran trabajo y control personal, mantener la serenidad para guiar a nuestro hijo y resolver los conflictos sin agredirlo o faltarle al respeto. Es también una gran responsabilidad porque el niño todavía es incapaz de controlar sus impulsos, y carece de un criterio suficientemente desarrollado para decidir y responder por las consecuencias de sus actos en gran parte de las situaciones que se le presentan.

El niño necesita tiempo, madurez, libertad de experimentar y una buena guía para construir su criterio y sus propias normas

En la medida en que el niño vaya dominando un mayor número de habilidades físicas, emocionales e intelectuales, estará mejor preparado para decidir por sí mismo, pero mientras lo logra, son indispensables ciertos límites acompañados de nuestro afecto, comprensión y apoyo.

Los límites y las reglas tienen la función de preservar la seguridad del niño y de evitar que su conducta afecte de manera negativa a los demás

Los límites le dan confianza para actuar y para relacionarse socialmente pues le permiten conocer lo que los demás aceptan y lo que no. Por eso, es necesario explicarle las normas y sus razones de manera breve y sencilla, y comprobar si nos ha entendido bien. El niño debe saber exactamente qué es lo que esperamos de él. Para eso, tenemos que ser constantes y congruentes. Si los padres aplicamos la disciplina de acuerdo con los cambios de nuestros estados de ánimo —a veces le permitimos hacer ciertas cosas, pero otras no—, el niño sufrirá una gran inseguridad y mostrará rechazo y confusión.

El niño suele aceptar las reglas si son claras, justas y razonables

Si son arbitrarias, si sólo son ocurrencias o caprichos nuestros, le causan enojo, rebeldía y le hacen perdernos respeto. No es sostenible hacer que obedezca “porque soy tu padre” o “porque eres pequeño”. Tampoco es razonable pedir que obedezca inmediatamente, que cierre el libro, o deje de jugar o de ver televisión en el instante en que se lo ordenamos. A nadie le gusta ser interrumpido cuando está haciendo algo interesante.

Si estamos enseñando al niño a ser independiente y responsable, tenemos que

darle oportunidad de decidir, dentro de ciertos márgenes, cuándo y cómo hacer las cosas: “Cuando termine el programa”, “Cuando la manecilla larga del reloj llegue al número tres”; “Las papas sí, las zanahorias no”. Así, el pequeño sentirá que respetamos su tiempo y su autonomía y aprenderá a colaborar con más gusto.

Los límites y las reglas deben indicar al niño no sólo lo que no puede hacer, sino sobre todo lo que sí puede

Si nos piden en este momento: “no piense en un gato”, seguramente lo primero que haremos es pensar en un gato. Lo mismo pasa con el niño. En vez de que le pongamos restricciones: “no toques, no pegues, no hagas ruido”, es mejor que le demos otras posibilidades de actuar. Para el pequeño es más fácil realizar una acción concreta que controlarse para dejar de hacer algo. Es mucho más efectivo decirle lo que sí puede hacer: “Dentro de la casa tratamos de caminar despacio”; “Nos entendemos mejor si hablamos suave”; “La tierra es para las macetas”; “Dame la mano para cruzar la calle.”

Procuremos dar a nuestro hijo muy pocas órdenes, fijar algunas reglas esenciales y darle oportunidad de actuar libremente en todo lo demás

Si gastamos la energía y la autoridad en asuntos que no valen la pena, no tendremos la fuerza suficiente para lo fundamental. El niño aprende mejor las reglas importantes —como no tocar la estufa, salirse de la casa o asomarse por la ventana— si no están mezcladas con un gran número de prohibiciones.

Es más efectivo crear un ambiente seguro y quitar del alcance del pequeño los objetos valiosos o peligrosos hasta que él sepa cuidarlos, que vigilarlo y controlarlo constantemente. Las cuestiones en las que el pequeño no afecta a otros ni se pone en riesgo son oportunidades de aprender a decidir y a observar las consecuencias de su conducta.

Un ambiente seguro, ordenado y estructurado en casa es una gran ayuda para evitar conflictos, pero es mejor aun si lo hacemos divertido e interesante

Los niños aburridos, los que no tienen estímulos atractivos a su alrededor, son los que presentan más a menudo conductas conflictivas. Conviene planear juegos entretenidos que inviten al niño a investigar y a aprender. Cuanto más podamos organizar el entorno del niño y proponerle actividades diferentes, menos va a retarnos y a rebelarse, y más va a poder decidir, inventar y actuar por su cuenta.

El fin último de los padres es desaparecer como autoridades, abrir horizontes a nuestro hijo y dejar que se convierta en el único dueño de su vida: un ser feliz, satisfecho y útil a los demás.


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