Las primeras sensaciones de tu bebé

Tu cariño y el de papá hacen más cálida su llegada ¡Entérate!

Las primeras sensaciones de tu bebé

Durante el embarazo, tu bebé ha vivido en un ambiente confortable y feliz. Y es que a pesar de su reducido tamaño, el útero le ofrecía unas condiciones de vida ideales para cualquier ser humano.

Allí no tenía que esforzarse, ni siquiera para respirar y comer, porque estas necesidades estaban cubiertas a través del cordón umbilical y la placenta. No echaba de menos el contacto físico ni tenía sensación de vértigo, porque vivía envuelto en el líquido amniótico, una sustancia de textura similar a la clara de huevo, aunque de consistencia más ligera, que lo protegía de golpes e infecciones y le permitía moverse libremente.

No le molestaban demasiado las luces ni los ruidos del exterior, porque las paredes del útero y el líquido amniótico se encargaban de amortiguarlos, de manera que llegaban a él de modo tenue (similar a como vemos en una recámara en penumbra, y a como oímos los ruidos cuando buceamos).

Tu pequeño no sentía frío ni calor, porque la temperatura del cuerpo materno siempre era constante y muy agradable. Además, tus movimientos actuaban sobre él como un vaivén constante, que le resultaba de lo más plácido y tranquilizador. Eran como un acunamiento continuo.

Sin embargo a medida que avanzaba el embarazo, sobre todo en los dos últimos meses, esta sensación de felicidad iba dejando paso a la incomodidad, porque el bebé, debido a su aumento de tamaño, cada vez tenía más dificultades para moverse y para encontrar una postura con la cual se sintiera a gusto.

Hasta que llegó el momento en que le resultó imposible seguir viviendo dentro del útero y se dispuso a nacer. Para ello, no tuvo más opción que atravesar el estrecho canal vaginal a base de fortísimas contracciones, que aunque resultan beneficiosas para su organismo (activan sus funciones vitales), le producen unas tremendas dosis de estrés, inseguridad, desorientación y, según transcurren la horas del parto, cansancio.

Y aunque es cierto que el bebé experimenta un gran alivio al nacer por el cese de las contracciones, lo que se encuentra de golpe, tan pronto llega al mundo, no es precisamente un ambiente cálido ni acogedor, sino unos potentes focos luminosos de la sala de partos, que lo deslumbran y le producen una incómoda comezón en los ojos.

Las voces de los médicos y de las enfermeras, que a pesar de no ser fuertes, retumban en sus oídos (y eso que durante los primeros días aún tiene los tímpanos llenos de líquido amniótico, que actúa como amortiguador).

Una temperatura ambiente baja para él, que lo hace titiritar (pasa de los 36.5 ºC del cuerpo de mamá, a los 23 ó 24 ºC del exterior). No olvides que el bebé está húmedo y por ello el cambio resulta más difícil.

A ello se une que la primera vez que respira, el aire se expande por las ramas bronquiales hasta llegar a los pulmones, produciéndole sensación de quemazón. Y que la presión atmosférica, una realidad que cuando vivía en tu cuerpo no sentía, ahora lo afecta y se deja notar sobre él en forma de peso.

Además, sentir sobre su cuerpecito desnudo el agua (aunque esté tibia) o la toallita humedecida que la enfermera utiliza para limpiarlo, tampoco le produce una impresión agradable.

Por último, cuando el neonatólogo (pediatra especializado en recién nacidos) lo ausculta, le aspira la boca y la nariz con una sonda y lo cambia de postura una y otra vez para realizarle su primer examen de salud, el bebé experimenta unas impresiones de vértigo y de vacío nuevas para él.

Pero pese a todas estas sensaciones que le pueden parecer desagradables a tu bebé al nacer, el mundo no tiene por qué resultarle hostil, siempre y cuando todos, los médicos, las enfermeras, papá y tú, se esfuercen en prepararle la mejor y cálida bienvenida.

Los bebés que nacen por cesárea tienen la suerte de ahorrarse la angustia de las contracciones, pero al no haber pasado por ellas nacen adormilados, y sus primeras vivencias en este mundo son incluso algo más fuertes que las de los niños que nacen por vía vaginal.

El caso es que todos necesitan mimos y atenciones para empezar a sentirse bien fuera del cuerpo de mamá. Hoy en día, la mayoría de los médicos obstetras pensando en el bienestar tuyo y de tu bebé, intentan que el parto transcurra en un ambiente lo más agradable y tranquilizador posible.

Y para ello, evitan las voces y las estridencias, procuran hablar en voz baja y dirigirse a ti en un tono agradable y tranquilizador, intentando informarle y transmitirle cómo van transcurriendo las cosas.

Esto le ayuda a comprender, sobrellevar y asimilar mucho mejor el momento que está viviendo, lo que a su vez se traduce en una sensación de mayor bienestar para tu pequeño.

Cuando las condiciones del parto son favorables y papá es una persona que no se impresiona fácilmente por lo que acompaña en el parto, la futura mamá  se siente más protegida, le ayuda relajarse, y a llevar el ritmo de respiración adecuado, lo que facilita el proceso de parto y, por tanto, hace que la llegada del bebé al mundo sea una experiencia menos traumática.

¿Qué debes hacer en el primer contacto y sus primeros días?

  • Mirarlo; el intercambio de miradas refuerza el vínculo afectivo y facilita su posterior relación.
  • Hablarle; tu voz le resulta familiar porque la ha estado escuchando durante los nueve meses de embarazo, y le dará seguridad.
  • Alimentarlo; tanto el sabor dulzón de la leche materna como el acto de comer son poderosos calmantes para tu bebé recién nacido.
  • Mecerlo; al balancearlo se produce la forma en que se movía cuando vivía en el vientre y esto contribuye a aliviar cualquier sensación de malestar.


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