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“Atiende preferentemente a toda esa gente que te pide amor, pero el tiempo que te quede libre, si te es posible, dedícalo a mi…” decía un magnífico bolero de José Ángel “Ferrusquilla” Espinoza.

Vaya cosa, el tiempo. Concepto filosófico, físico, espacial. Pero más allá de sus misterios, el tiempo es una constante esencial en nuestras vidas, es la forma más práctica de dar orden, coherencia y medida a nuestras actividades diarias.

 

Ese tiempo que en todo se involucra, pero en pocas cosas es tan polémico como en la pareja, que parece requerir una arena distinta a la de todos los relojes.

 

En particular, la cosa suele ponerse color de hormiga cuando chocan las concepciones que tenemos hombres y mujeres acerca del tiempo “justo” o “suficiente” para dedicarle a una relación.

 

Porque bien dicen que el tiempo vale oro, aunque en verdad vale mucho más, pues el tiempo dedicado se convierte, en la percepción de quienes queremos, en un indicador casi automático de la importancia y compromiso que les asignamos. Pero vamos por partes.

 

Primero, es obvio que cualquier relación, ya sea amistosa o sentimental, requiere de una mínima coordinación temporal para que se establezca, se sostenga y finalmente se consolide.

 

Por consecuencia, una falta de coordinación temporal puede debilitar una relación o hasta terminarla. El tiempo hace o deshace.

 

En mis relaciones, el factor tiempo ha provocado algunos interesantes rounds, así como a hacerla de cirquero y aprender a hacer malabares con las horas y momentos.

 

Pongo algunos de los puntos espinosos que considero suelen provocar intimidantes rugidos de las féminas:

 

  • No quiero verte todo el día. En lo personal, considero que la lluvia, cuando falta, se pide. No se puede regar a una planta sin parar, porque se ahogaría. Pero sí requiere diariamente del agua y la luz que le dan la vida. La cosa no es muy distinta. Creo que extrañar es sabroso.

 

  • Detesto poner horarios. La disciplina lleva a la rutina, y la rutina aburre. Nunca he considerado conveniente establecer días y horas de convivencia, porque esto atenta directamente contra la espontaneidad.

 

  • Hay momentos en los que estamos más ocupados que otros. “Si tengo la entrega de un proyecto importante en la chamba y se me junta con un examen de maestría, no te enojes porque no tengo chance de ir por un cono doble de chocolate”. Desde luego es justo y lógico reponer el tiempo cuando la intensidad de las obligaciones baje.

 

  • No acaparar. Siempre he estado en contra de la idea de que la vida gire en torno a un solo concepto o persona. La pareja no debe pretender ser el Sol sin el cual no giran los planetas. Más bien debe volverse uno de los planetas más importantes de la órbita, ser parte de nuestro sistema, pero entendiendo que ya había ahí otros planetas antes de que ella llegara a nuestra galaxia, como la familia, los cuates, nuestros hobbies y pasiones.

 

  • Criticar el uso del tiempo. “No sé cómo puedes pasarte horas ‘aplastado’ viendo a 22 pelados correr atrás de una pelota”, “¿Para qué quieres ir a ver a esos panzones con máscara? Si ya sabes que la lucha es fingida”, “Ya viste esa película 20 veces, ya sabes que Batman gana”. O de nuestro lado: “¿cómo puedes pasar tanto tiempo en el teléfono?”, “Ya viste 22 tiendas, ¿qué de diferente va a tener la 23?”. Cosas por el estilo. Hay cosas que nos gusta hacer y que a la pareja difícilmente podrán gustarle, pero podemos empezar por respetar. 

En contraste, también están aquellas cosas en las que, con justa razón, ellas suelen esperar que pongamos tiempo y atención.

 

Habrá que decir que muchas veces fallamos, ya sea por falta de voluntad o de percepción, al no lograr distinguir la importancia con las que ellas ven cierta actividad o situación.

 

Por ejemplo, darnos tiempo de conocer a sus amigos, informarnos acerca de su profesión, poner verdadera atención cuando nos muestran las cosas que les interesan, cumplir con nuestra palabra cuando prometemos que haremos cierta actividad.

 

Pero ojo, nada de esto implica resignación. Al contrario, la cosa es entender y respetar la concepción que cada uno tiene del tiempo y su decisión de cómo utilizarlo, pero entendiendo que es necesaria una buena coordinación para otorgar al otro el tiempo que se merece, por la sencilla razón de que tenemos ganas de otorgárselo.

 

El Dr. Peter Fraenkel, que se ha dedicado a estudiar las influencias del tiempo en las relaciones de pareja, propone la creación de lo que llama “ritmos de relación” los cuales buscan lograr un equilibrio.

 

Porque si bien es cierto que no deseamos la dureza de un horario establecido o rutina, es necesario coordinarse.

 

Por ello utiliza el concepto del ritmo, que relacionamos con la música, el movimiento del cuerpo o las estaciones del año; en contraste con el de horario, que tiene un enfoque más laboral o de obligación.

 

Y para esto considera necesarios los siguientes factores:

 

  • Estar consciente del tiempo que dedicamos a cada actividad y las causas que lo influyen. 
  • Voluntad para afirmar o alterar patrones temporales. 
  • Activismo para cambiar los factores que influyen en nuestro uso del tiempo. 

Rara vez estaremos completamente conformes con el tiempo, hay cosas que quisiéramos que durasen mucho más y otras mucho menos.

 

Pero hay que buscar un esquema compartido, tal como en la música, si los instrumentos van a un ritmo diferente, el sonido es desagradable.

 

Es la coordinación lo que les brinda la armonía que permite la belleza.

 

La recomendación es dialogar acerca de las concepciones del tiempo y las prioridades de cada uno, poner sobre la mesa los puntos de acuerdo y desacuerdo, teniendo mutua flexibilidad, pero sobre todo voluntad para generar un ritmo que les permita disfrutar más el uno del otro.

 

Si no, ¿para qué bailar?

 

 

 

 

 

Gilberto P. Miranda para TestosteZona

 

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